La publicación de este volumen en español, con la compilación y traducción de ciento setenta y dos escritos de Nichiren Daishonin, es para mí un motivo de inmensa satisfacción y de alegría indescriptible.
Hay en este trabajo un significado trascendental, no sólo por el valor que aporta al budismo, sino también por la contribución que hará a la humanidad iluminando con su luz perenne a incontables generaciones venideras. En efecto, esta publicación abrirá nuevos caminos a cuatrocientos millones de hispanohablantes, poniendo a su alcance el vasto universo que palpita en el budismo de Nichiren Daishonin.
Pero el valor de esta obra no se limita al enriquecimiento espiritual del individuo: ella será decisiva, además, para el acercamiento de las civilizaciones, mostrando vías de diálogo y de entendimiento entre el pensamiento budista y las diversas filosofías y religiones que hoy se profesan en el mundo de habla hispana.
¿Cómo infundir esperanza a los hombres? ¿Cómo dar auténtico sentido a la vida? En preguntas como estas yace la misión esencial de todas las religiones… En efecto, el propósito de todos los credos es brindar paz espiritual a las personas, y tranquilidad y dicha a los pueblos. En tal sentido, el ser humano es —y debería ser— el destinatario natural de todo sistema filosófico de inspiración religiosa.
En un mundo como el actual, francamente orientado a la globalización, es menester que las religiones tomen conciencia de este fin esencial. Este humanismo universal es, a mi juicio, la condición imprescindible de toda religión dispuesta a atender las necesidades de nuestra civilización global. Basado en esta convicción inamovible, afirmo y subrayo la importancia del diálogo interreligioso, uno de los retos más acuciantes que nos presenta el siglo xxi.
De más está decir que cada credo posee características propias y elementos singulares. A modo de ejemplo, el simple análisis de un concepto tan cercano a la religiosidad como el de «paz espiritual o interior» nos permite hallar definiciones de naturaleza muy diversa. Para algunas religiones, significa «entregarse al amor de Dios»; para otras, «sentirse parte de una fuerza superior». Y también es, para algunas, «vivir siguiendo el dictado de la propia conciencia», «tener estabilidad emocional interior», «adquirir control de los deseos mundanos», y un sinfín de variantes.
Las religiones deben sus diferencias y peculiaridades a una compleja intersección donde intervienen factores humanos, elementos espaciales y temporales, y el proceso histórico que obra como marco para el desarrollo de los sistemas religiosos.
No obstante, por debajo de todas las diferencias doctrinales y litúrgicas que pueda haber entre los credos, subyacen percepciones y verdades convergentes, que señalan hacia un mismo horizonte: la felicidad del ser humano. Sería tan fructífero como estimulante que, en un foro de diálogo integrado por los diversos cultos actuales, cada uno pudiese valorar las reflexiones y verdades de las demás religiones, aun reconociendo sus naturales diferencias. Esto permitiría a todas cumplir mejor su misión de guiar al género humano a la felicidad y, a la vez, expresar con mayor esplendor sus cualidades únicas.
Cuando las distintas religiones transiten sin desvíos y con devoción sincera la senda del estímulo mutuo, y cada una haga brillar en forma ejemplar sus características distintivas, todos podremos unirnos en aras de un propósito común que es servir a la humanidad, y ser una poderosa fuerza enfocada en el logro de la paz mundial. Esta es mi más honda convicción.
Según han expresado ciertos estudiosos, los distintos credos comenzaron a buscar vías de acercamiento y reconocimiento mutuo en el transcurso del siglo xx; ante las trágicas consecuencias de dos guerras mundiales, las religiones se vieron urgidas a reflexionar y ponderar en qué medida estaban acometiendo su propósito esencial: la felicidad humana y la paz de los pueblos. Este retornar al punto primordial generó una tendencia concertadora entre las creencias más representativas de la humanidad, que ahora, en pleno siglo xxi, es misión de las religiones profundizar y acrecer, para hacer de ella una corriente caudalosa y constante.
La Soka Gakkai surgió en el siglo pasado, en el breve intervalo entre las dos guerras mundiales. En el Japón de aquella época, las religiones eran vistas, en general, como instrumentos al servicio del Estado; en tal sentido, se acoplaban a la estructura del poder gobernante con relativo grado de adhesión. Pero esta misma actitud les restaba valentía y atribuciones para contrarrestar el peligroso fervor militarista del Japón y su inevitable acercamiento a una política de invasión armada.
En tales circunstancias, la Soka Gakkai reconoció las infinitas posibilidades del budismo de Nichiren Daishonin y del Sutra del loto, en el cual se basó Nichiren, para guiar a los seres a esa dicha profunda y esencial, y se presentó como una agrupación religiosa seriamente enfocada en transmitir una práctica religiosa que permitiera a los individuos construir una felicidad tangible, pero basada en principios pacíficos y correctos. Como era previsible, esta postura le valió la persecución del gobierno militarista japonés, que encarceló a sus dirigentes por su oposición a la guerra. Allí, en la cárcel, habría de morir el fundador de la Soka Gakkai, el educador Tsunesaburo Makiguchi, en 1944.
En el Sutra del loto palpita la dimensión más profunda y esencial de todo el canon budista. De acuerdo con sus doctrinas, todas las actividades vitales de los bodhisattvas del Gran Vehículo (budismo Mahayana) están animadas por el deseo ardiente de establecer la felicidad de los semejantes, a la par que se procura la realización personal. La misión del budismo —y, con seguridad, de todas las tradiciones religiosas— es fomentar y propiciar en cada individuo el despertar de este noble anhelo altruista, común a todos los seres, y estimular la expresión jubilosa del bien que anida en el corazón humano.
La enseñanza del Sutra del loto pronostica la aparición de numerosas personas en el mundo real, dispuestas a asumir voluntariamente este loable desafío religioso. A estos hombres y mujeres, imbuidos de un claro sentido de propósito, se los denomina «Bodhisattvas de la Tierra». ¿Dónde radica la importancia singular de esa declaración contenida en el Sutra del loto? En afirmar que toda persona puede ser un Bodhisattva de la Tierra, una vez que hace surgir en su interior este deseo primordial inherente a la condición humana.
En el Sutra del loto refulge la práctica ejemplar de un bodhisattva llamado Jamás Despreciar, paradigma de la reverencia a la vida humana, que rendía tributo a todos con esta sincera expresión: «Siento profundo respeto por vosotros».1 Jamás Despreciar era blanco de ataques y burlas, pero su tributo a la dignidad humana estaba más allá de todo reconocimiento circunstancial de parte de sus semejantes. Este personaje simboliza la práctica fundamental que debe realizar todo bodhisattva: respetar a los demás creyendo en el potencial supremo de cada individuo; dicho en otros términos: todo ser es digno de respeto porque posee en forma inherente la naturaleza de la Budeidad.
Nichiren Daishonin describió en forma directa e inequívoca el comportamiento de este bodhisattva: «El corazón de todas las enseñanzas que el Buda expuso a lo largo de su vida es el Sutra del loto, y el corazón de la práctica de este sutra se encuentra en el capítulo “El bodhisattva Jamás Despreciar”. ¿Qué significa el profundo respeto que el bodhisattva Jamás Despreciar sentía hacia todas las personas? El propósito con el cual nació en este mundo el buda Shakyamuni, señor de las enseñanzas, yace en su comportamiento como ser humano».2
En síntesis, la enseñanza medular del Buda, como así también el epítome del comportamiento humano expuesto en el Sutra del loto, se resumen en la práctica de respeto a los semejantes cabalmente encarnada por el bodhisattva Jamás Despreciar.
Nichiren Daishonin vivió en el Japón del siglo xiii, época en la cual —en sus propias palabras— «todos habían perdido de vista el gran anhelo abrazado por el Buda, de abrir a todos los seres el camino conducente a su felicidad». Cuando los individuos niegan en sí mismos el grandioso deseo del Buda, que es alentar a las personas a explorar su vasto potencial, quedan a merced de su profundo egoísmo; en un escenario así, nada opone resistencia a inclinaciones perniciosas como la codicia, el odio y la estupidez, que arrasan tanto la vida individual como el funcionamiento colectivo de la sociedad. Estas tendencias obran como un catalizador de desdichas que multiplican desdichas, y de males que estimulan otros males.
En una época de extrema confusión, Nichiren Daishonin proclamó que había que asumir la misión de los Bodhisattvas de la Tierra para hacer realidad el deseo primordial del Buda y dar continuidad a la práctica del bodhisattva Jamás Despreciar; a la vez, sintió la necesidad de transmitir esta vibrante forma de vida a la mayor cantidad posible de gente y en toda su profundidad, para despejar el sufrimiento de este mundo. Con este serio afán, se entregó a un minucioso estudio de las escrituras y tratados budistas, y escrutó las más diversas obras filosóficas de su época, dispuesto a extraer su esencia y aplicarla en la sociedad. En esta iniciativa, él mismo dio ejemplo personal abriendo rutas desde la vanguardia con su espíritu resuelto.
Todos los análisis y reflexiones desplegados por el Daishonin en las páginas que forman este volumen tienen un mismo propósito y una clara finalidad esencial: revelar a las personas su propia misión como bodhisattvas, enfocada en la felicidad propia y ajena, y señalar la práctica adecuada para lograr este fin, invitando y alentando a cada ser humano a sumarse a ella.
Puesto a hacer memoria, recuerdo que el Gosho zenshu (Escritos completos de Nichiren Daishonin) fue compilado y publicado en japonés en abril de 1952, justo un año después de que mi mentor, Josei Toda, asumiera la presidencia de la Soka Gakkai tras los pasos del fallecido fundador Makiguchi. El avance sorprendente que experimentó esta organización después de la Segunda Guerra Mundial, liderada por el presidente Toda, marchó a la par de los esfuerzos por publicar las obras compiladas de Nichiren Daishonin. A partir de entonces, los miembros de la Soka Gakkai en el Japón han recurrido a ellos como base y sustento de su fe, y a la vez de su vida cotidiana; sus páginas les han brindado aliento para emprender la amplia propagación del budismo (kosen-rufu) —voluntad y designio sagrado del Daishonin— asumiendo con alma y vida, en sus propias circunstancias, la abnegada lucha de los bodhisattvas descrita en el Sutra del loto.
En 1960, hace casi cincuenta años, inicié el primero de mis muchos viajes al exterior con el fin de transmitir, allende el Japón, esta vigorosa filosofía de vida. A partir de aquella gira precursora, que me llevó a los Estados Unidos y a América latina, el budismo de Nichiren Daishonin comenzó a adquirir amplia difusión en el mundo. Hoy, la Soka Gakkai Internacional lleva a cabo sus actividades en ciento noventa naciones y territorios del globo.
En el transcurso de estas décadas, he recorrido cincuenta y cuatro naciones con el sincero afán de crear puentes de diálogo, no sólo con practicantes budistas, sino con personas de todos los orígenes y culturas. De esos cincuenta y cuatro países, once son de habla hispana; por ende, esta ha sido la lengua mayoritaria con la cual me he encontrado en mis viajes de paz. En mi contacto con estos pueblos, pude percibir en forma directa la gran diversidad histórica que ha tenido el español, la riqueza de sus expresiones artísticas y literarias, y la influencia incuestionable que tienen estas culturas en el escenario internacional. Con todo, ninguna otra cosa me ha causado una impresión tan clara y perdurable como la extraordinaria sensibilidad y la cálida mirada que despliegan estos pueblos en sus relaciones con los semejantes.
Así pues, en las cuatro disertaciones que he tenido oportunidad de dar en instituciones académicas de habla hispana, destaqué esta riqueza y esta fina sensibilidad, en verdad distintivas, a la hora de subrayar el inmenso potencial que poseen los países hispanohablantes en la construcción de una nueva civilización global.
En la Universidad de Guadalajara, hablé de las posibilidades que veía palpitar en el corazón de México, en una conferencia titulada «El espíritu poético mexicano»; tiempo después, en la Universidad de Buenos Aires, expresé mi visión del hombre cosmopolita que surgiría en esa tierra, crisol de razas y de culturas;3 luego, en el Ateneo de Santander, en España, me referí a la importancia de la autodisciplina, el ethos de la convivencia armoniosa y la motivación interna, como requisitos esenciales para el ser humano en el siglo xxi.4 Finalmente, en la Universidad de La Habana diserté sobre la dimensión de un nuevo heroísmo espiritual, de inspiración poética y martiana, necesario para la creación de una cultura de paz.5 Aunque todas estas conferencias se basaron en la perspectiva del pensamiento budista, en gran medida reflejaron mis impresiones sobre el cálido humanismo que hallé, de manera inocultable, en los pueblos de habla hispana.
Estoy convencido de que la edición española de estos escritos, obra capital del pensamiento religioso, contribuirá a establecer ecos de empatía entre los pueblos hispanohablantes ‒de corazón amplio y abierto‒ y el budismo de Nichiren Daishonin, que esclarece la vía hacia una felicidad no menos amplia, capaz de abrazar tanto al individuo como a sus semejantes.
Dicho lo anterior, quisiera referirme ahora a la postura espiritual con que me entrego día a día a la lectura de los escritos de Nichiren Daishonin; sobre todo en beneficio de mis compañeros de la Soka Gakkai Internacional, que, seguramente, buscarán en este volumen el ansiado alimento con que nutrir su diaria práctica de la fe.
Leer estos escritos es, para mí, tomar contacto directo con el espíritu noble y estricto del Daishonin, quien se dedicó sin escatimar la vida a la lucha altruista, no sólo para preservar la integridad de la Ley, sino incluso para difundirla a sus semejantes y guiarlos en el camino hacia la superación humana.
En cada expresión y en cada renglón de sus escritos, lo que resplandece ante mis ojos es su insigne espiritualidad… Por ejemplo, cuando leo esta frase de La reconvención a Hachiman: «Nichiren asume y comparte los sufrimientos de todos los seres como si fueran sus propias aflicciones»,6 tengo la inequívoca y solemne sensación de estar ante la magnitud genuina de su amor compasivo, de ese altruismo que lo impelió a luchar sin reservas por guiar a todos, sin falta, al camino de su elevación esencial.
Es este espíritu incondicional de Nichiren Daishonin lo que ha permitido a la Soka Gakkai asumir, aun en una ínfima parte, la poderosa voluntad del Daishonin y expresarla en acciones concretas en la sociedad contemporánea.
En profunda consonancia con el pasaje que acabo de citar, la Soka Gakkai se ha puesto al lado de las personas que más sufrían, dispuesta a compartir sus dolores como si fueran propios; las ha alentado infatigablemente a descubrir su Budeidad interior, insuflándoles la más extraordinaria esperanza y guiándolas en el proceso de una revitalización exultante. Esta tarea titánica de apoyo a cada persona, en forma individual, es lo que acaso explique la expansión de un inmenso círculo de esperanza que hoy envuelve el mundo entero, en torno a una filosofía de humanismo sin parangón.
Otra frase de este volumen que me conmueve y me llena de profunda admiración moral es la que dice: «Aunque, por haber nacido en los dominios del gobernante, muestre que lo obedezco en mi forma de actuar, jamás lo obedeceré en mi fuero interno».7 ¿No es esta una precursora alusión al libre albedrío, a la libertad de culto y a la libertad de conciencia? Pero, para poder gozar de todas estas libertades, necesitamos consolidar en nuestro interior ese corazón digno de un león rey, que no sucumba ni ante la amenaza del más formidable enemigo. Por otra parte, siento yo, uno sólo puede sentir que ha leído los escritos del Daishonin cuando ha hecho surgir en su alma la valentía de un león rey para superar la adversidad y transitar la ruta de la existencia siendo fiel y consecuente con sus convicciones y verdades.
Nos dirigimos a los escritos del Daishonin para ponernos en contacto con la espiritualidad de Nichiren; los estudiamos para afianzar la convicción de que, en nosotros y no afuera, anidan la esperanza, la paz y la felicidad inalterables e imperecederas; observamos el comportamiento del Daishonin como aprendizaje y ejemplo, para aplicar estos principios valerosamente en nuestras propias circunstancias complejas. Lo que nos proporciona el estudio de este «budismo para ser puesto en práctica» es un valor inalterable e inagotable, a lo largo del pasado, presente y futuro.
Anhelo, con cada fibra de mi ser, que esta obra permita a mis camaradas de la SGI del mundo atizar su espíritu de búsqueda y alimentar la llama de su fe, y que el presente volumen les brinde la motivación sincera para entregarse con renovado esmero al estudio de los escritos del Daishonin.
No puedo finalizar este prefacio sin hacer constar mi más honda gratitud a las personas que han trabajado con increíble denuedo en la traducción y edición de los escritos de Nichiren Daishonin, como así también al doctor Carlos Rubio, cuya inestimable labor ha redundado en la magnífica concreción de este proyecto.
3 de mayo de 2008
Daisaku Ikeda
Presidente de la
Soka Gakkai Internacional